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El cielo estará azul en Pekín |
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Agosto 2008 |
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22 de Julio, 2008
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C. Hildebrandt, Prdista Peruano - Análisis Polític |
César Híldebrandt Cuando Laura Bozzo fue asesinada por aquel Jack del East End
londinense, jamás pensó que, reunida otra vez y muchísimos años después,
caminaría por otras calles igualmente sombrías de la mano de quien sería el gran
amor de su vida: Charles Manson.
Luego del ataque traicionero de Jack,
Laura fue largamente operada y sufrió lo indecible para recordar su identidad. Y
el hecho de que su cerebro no recibiera irrigación sanguínea durante sesenta y
tres días –hay que admitirlo- dificultó su recuperación.
Aferrada a un
botellón de formol que goteaba a toda prisa, entubada a un codo de pulgada y
media, perturbadoramente amarilla, Laurita parecía el sueño de un enterrador ad
honorem y la playmate de cualquier esquizofrénico.
De hecho, y sólo por
un error inexplicable, alguna vez había sufrido la vergüenza de un entierro
prematuro. Sólo su habilidad para escarbar le permitió superar ese malentendido,
que se produjo después de un intento de quemarla viva en aquel pueblo bárbaro de
Salem.
(La injusticia de este episodio está descrita en el capítulo VII
del “Necromicón”. Se establece allí que la parte acusadora jamás probó que los
cuerpos encontrados en casa de Laurita pertenecieran a las autoridades locales
de Salem –tal era el grado de desfiguración que presentaban- y tampoco pudo
probar que la alimaña locuaz hallada bajo su cama fuese el hombre que se atrevió
a engañarla).
En todo caso, la Laura que surgió de su malograda aventura
con Jack era una nueva Laura, fundada en otros patrones de gravedad, cosida y
rehecha hasta el último centímetro.
-Quiero un vaso de agua –fue lo
primero que dijo después de la trigésima operación. Su médico, el célebre Peter
Knife, hubo de hacer unos cuantos arreglos que algunos consideraron,
injustamente, como desmesurados. Lo cierto es que Laurita pudo volver a la
circulación luego de permanecer veintiocho días en una morgue, primero, y
catorce años en el circuito hospitalario de Londres, después.
Y lo cierto
también es que un día, en Nueva York, otros muchos años después, muchas plagas y
guerras después, un día en Nueva York, como decíamos, adonde había viajado para
ver el musical de “La metamorfosis” de Kafka, Charles Manson la vio mirando una
vitrina de lencería.
Manson andaba en busca de un sostén de brocado
porque tenía una fiesta y Laura quería hallar un calzón con tirantes, tal era su
delgadez. Manson la miró de reojo –bueno, él sólo podía mirar de reojo- y
decidió que esa mujer tenía que ser suya. Laura contaría después que ella
también sintió un hormigueo que recorrió cada escama de su
espalda.
Porque más allá del atractivo físico estaba la comunión de sus
inexistentes almas y la afinidad de sus infiernos.
Los unía virtualmente
todo: las cicatrices exteriores, las sucesivas mortajas de la memoria, la
compasión que les inspiraba la preñez de las comadrejas y su devoción sin
límites por Barba Azul, a quien jamás consideraron un personaje de Perrault sino
el fundador de ese estilo seriado de matar que tanto amaban.
Se tuvieron
esa misma noche, por partes, e hicieron su promesa de pareja formulando un pacto
de sangre tan entusiasta que terminó con ellos en la sala de emergencias del
Hospital Presbiteriano.
Pasado ese contratiempo menor, se casaron en un
quirófano y partieron de luna de miel a Europa, en un periplo que debía de
terminar en Rumania, donde, además, Laura tenía que recibir la considerable
herencia de un pariente que no terminaba de morir.
Al llegar por tren a
Bucarest la pareja no cabía de gozo. El invierno empezaba y era un día gris en
el que parecían flotar partículas de ceniza. Un mendigo les extendió la mano y
Laurita no dudó en desprenderse del bocadillo de salami que había comprado en
Padua ocho días atrás.
Luego de una corta espera los parlantes de la
estación anunciaron la partida del tren a Transilvania. Laurita y Manson se
miraron desde sus respectivas cataratas y sonrieron.
-Es el nuestro– dijo
Laura, tosiendo como en sus mejores tiempos.
Como hemos dicho, Laurita
debía de heredar a un pariente que, con la firmeza típica de la familia, se
negaba a morir. El hombre se llamaba Theo D. Tritus y era un viudo plural y
ahora solitario. Y como muchos de su estirpe, había fallecido en un par de
ocasiones y había regresado de esas tinieblas más sucio y perverso que
nunca.
Cuando llegaron a su casa lo encontraron con la suficiente fuerza
como para preguntar con hostilidad:
-¿Qué quieren? ¿Quién los ha dejado
entrar?
Fueron sus últimas preguntas. Laura lo mató hasta la redundancia,
lo estranguló sin necesidad, lo esparció con vocación de desorden y remató cada
trozo de pariente desconsiderado con la misma estaca de encina que siempre
llevaba puesta por si fuera menester.
Manson estaba
emocionado.
-Tendremos una casa de playa en el Mar Negro y una cuenta más
que linda en la banca suiza –dijo Laurita.
Manson se enamoró más que
nunca. Años más tarde intentaría encontrar en sus discípulas una sombra siquiera
del veneno de Laura, un gramo apenas de su erudición funeraria, una pizca de su
genio a quemarropa. No tuvo suerte. Ningún otro cadáver pudo llenar el hueco que
dejó Laura en su vida.
Sin embargo, llegó un tiempo en que Laura pareció
hartarse de sus filudas hazañas. Fue en esos meses cuando empezó a leer
literatura vinculada a otras artes: la masacre de los espíritus, por
ejemplo.
Leyó el diario de Goebbels con lágrimas de granizo, se emocionó
con los apuntes del doctor Mengele, vio quince veces el vídeo familiar de Idi
Amín Dadá, doce el largometraje que Papá Duvalier les mandó a hacer a los
prisioneros de uno de sus campos –ellos mismos ponían la palabra FIN al terminar
la obra- y tantas veces que no pudo ni contarlas la película cumbre del cineasta
chileno Manuel Contreras: “En el estadio todos cantan”.
Esas lecturas y
esas visiones la hicieron pensar que su prolongadísima vida había tenido algo de
banal. “Deshacerse de la materia es algo relativamente fácil”, se torturaba. Un
día, cuando reflexionaba sobre esos asuntos, una amiga que había muerto en el
Titanic le escribió una carta que sería decisiva.
En ella le hablaba de
un país sudamericano donde el gobernante tenía la espléndida obsesión de que sus
súbditos llegasen a ser, de ser posible y en orden sucesivo, bagatelas
mineralizadas, nadas haciendo colas en mercados donde no hubiese
nada.
Laura captó la poesía de inmediato.
La amiga le describía en
la carta el método de esa matanza de voluntades que Chino Maldito –que así se
llamaba el gobernante- estaba practicando con la anuencia de todas las cabezas
rapadas del Infierno.
Se trataba, para empezar, de desalentar toda
honradez y fusilar a la decencia. Pero, sobre todo, de que la gente aceptase,
agradecida, el lodo del chantaje, los residuos de su sueldo y la viruta de sus
futuros negros.
Era el holocausto de la libertad que otros habían
intentado inútilmente. Su amiga le decía que Chino Maldito, venido del séptimo
círculo del Resentimiento, lo que estaba logrando, en el fondo, es que esa gente
perdiese toda noción de sí misma y aceptase con hurras ser un guiñapo, haciendo
olas el hecho de no tener qué comer, con aplausos su degradación ciudadana y con
himnos de victoria la llegada de sus torturadores.
Y la prueba de que
Chino Maldito estaba teniendo éxito es que era vivado hasta por los que se
habían hecho míseros por su política de saqueo de las arcas
públicas.
Laura decidió que tenía que venir.
Así que un día hizo
maletas y dejó a Manson, que para entonces ya era el asesino del zodiaco, y
aterrizó en Lima dos días antes de los crímenes del Santa. Traía una
recomendación de Sirhan Bishara Sirhan dirigida a un tal Vladimiro
Montesinos.
(Del libro “Biografías Apócrifas”). |
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publicado por
rfelipem a las 15:50 · Sin comentarios
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