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El cielo estará azul en Pekín |
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CALENDARIO |
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Julio 2008 |
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24 de Marzo, 2008
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G.Giacosa, Prdista Argentino - Act. Mundial y pltc |
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Por: Guillermo Giacosa
-¿Está segura que no necesita nada señora?
-No necesito nada, vayan tranquilos, respondió mi madre.
-¿Segura, segura?
-Totalmente. Estaba preparada.
La conversación se dio en la puerta del departamento de mis padres, con
los enfermeros y con el joven médico convocados para atender la emergencia. Eran
las 10 de la mañana, mi padre acababa de morir con la sola compañía de mi madre
y la ambulancia fue llamada minutos antes de que se produjera el desenlace.
Con esa paz interior, que nunca sabré de qué fuentes abrevaba, mi vieja
concluía allí su compromiso de 10 años de noviazgo y 50 de matrimonio con un
marido que le hizo prometer a ella, y a todos nosotros, que jamás lo dejaríamos
morir hospitalizado y, menos, en una sala de terapia intensiva, conectado a
cables y rodeado de extraños. Mi madre cumplió. Seis meses atroces con un
enfermo terminal de cáncer, la ayuda, por las tardes, de una enfermera y noches
que no puedo imaginar en las que mi padre, sedado por la morfina, lograba
esbozar una sonrisa solo cuando podía asir con su mano la tela del camisón de
quien fue la compañera de toda su vida.
La imagen de ambos cerrando una etapa de tolerancia y afecto sin dramas,
culpas o histerias, me conmueve. Esa tranquilidad de mi madre despidiendo al
personal médico como si terminasen de diagnosticar una gripe era un rasgo de
ella que, aun hoy, acercándome a los 70 años, sigue siendo un puerto firme donde
descansar de los desasosiegos del estar en el mundo.
Como el fin ocurrió antes de lo esperado, no pude llegar, desde Lima, a
acompañar los últimos momentos. Mentalmente, recriminé a mi padre por no haberme
esperado y me dispuse para el viaje. Llegué cuando la familia, en casa de mi
hermano, finalizados los rituales sociales, se disponía a cenar. Mi madre pasó
solo una hora en el velatorio y no fue al cementerio. Cuando nos abrazamos,
lloró un brevísimo instante, y Fede, mi sobrino, le preguntó: "¿Por qué lloraste
con el tío Guillermo y no con mi papá?".
No respondimos a lo que hubiese requerido contar una larga historia de
identificación, confianza y hasta complicidad que, estoy convencido, estaba
mucho más allá de la ya maravillosa relación madre-hijo.
-¿Dónde van a dormir?, preguntó mi hermano, concluida la sobremesa.
-En el departamento, ¿no es cierto, Guillermito?
Asentí y regresamos juntos al sitio donde hacía apenas un día había
fallecido mi padre. Descorchamos una botella de vino tinto y, cuando nos
aprestábamos para una larga conversación, mi madre preguntó: "¿Lo sentís?". Y
vaya si lo sentía, el departamento estaba cargado de una energía a la que era
imposible sustraerse. Recuerdo que dije, sintiendo que estaba frente a él: "Ya
viejo, ya te moriste, ni siquiera me esperaste, ahora déjanos conversar". Y
seguimos los dos o los tres, no sé. Me cuesta admitir lo que no veo, conversando
en un clima de absoluta paz hasta que la luz del nuevo día nos indicó que era
hora de ir a dormir. |
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publicado por
rfelipem a las 09:56 · Sin comentarios
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