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El cielo estará azul en Pekín |
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Agosto 2008 |
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12 de Julio, 2008
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Roberto Lerner, Psicólogo - Espacio Crianza |
Roberto Lerner ¿Quién no quiere ver a su hijo o hija en el escenario donde se produce su
graduación de la escuela con una o varias medallas de oro colgadas sobre el
pecho, recibiendo su diploma ante la admiración de todos los presentes? ¿Qué
hijo o hija no quiere obtener esa satisfacción y dársela a sus padres?
Javier tiene 23 años. Es un joven brillante. Desde el nido destacó de
manera sistemática. Fue una de esas personas completas, balanceadas,
responsables, de las que siempre está dispuesto a ayudar al prójimo, a acatar
las normas, a cumplir responsabilidades. De esos que no dan problemas.
En el peor de los casos, es de los que sufren -están pendientes de no
defraudar, de estar a la altura de las circunstancias, de desempeñarse al máximo
de sus posibilidades-, pero muy rara vez hacen sufrir.
Cuando terminó la primaria, arrasó con todas las medallas y cuando su
padre le preguntó qué había sentido, contestó: "es el día más feliz de mi vida".
El día que la soguita de su birrete cambió de lado, durante la ceremonia
de graduación del colegio, volvió a llevar todas las medallas, incluyendo la de
mejor amigo.
cambio de ruta
Han pasado algunos años y Javier acaba de terminar, con honores, para
variar, la carrera de derecho en una muy prestigiosa universidad del extranjero.
Los últimos tiempos, sin embargo, han sido de confusión. No está muy
seguro de su carrera y ha desarrollado una gran pasión por el diseño de joyas,
por el arte en general.
Ha terminado un curso de instructor de meditación y quiere ir por
derroteros bastante distintos de los que inicialmente se fijó.
Los padres están preocupados, muy preocupados. Yo no. Trato de explorar
con ellos y su hijo las ventajas de un paréntesis, de la duda, del
cuestionamiento, de que no sientan este trance como una traición, un agravio, un
abandono de valores o su corrupción, como un fracaso.
No es fácil. Se trata de una familia tradicional, con poco espacio para
los experimentos dentro del ciclo vital, visto como una carrera que no admite
desviaciones.
Le pregunto a Javier: ¿cómo te sentiste con todas las medallas en tu
haber al finalizar el colegio? Me mira, mira a sus padres, piensa un momento.
"Una enorme vergüenza por el ruido que hacían mientras caminaba", responde.
Los padres no pueden creer lo que han escuchado. "No se molesten, pero me
sentí muy incómodo", añade.
Estoy seguro de que Javier la va a hacer. Pero a veces hay que tener el
valor de deshacernos de nuestras medallas para seguir adelante. Casi siempre hay
tiempo para recuperar su valor y dejar de lado el ruido que hacen. |
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publicado por
rfelipem a las 13:45 · Sin comentarios
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