Las empresas petroleras Shell y Chevron han arrasado el delta
del río Níger. El escritor Ken Saro-Wiwa, del pueblo ogoni de Nigeria, lo
denunció en un libro publicado en 1992: -Lo que la Shell y la Chevron han hecho
al pueblo ogoni, a sus tierras y a sus ríos, a sus arroyos, a su atmósfera,
llega al nivel de un genocidio. El alma del pueblo ogoni está muriendo y yo soy
su testigo.
Tres años después, a principios de 1995, el gerente
general de la Shell en Nigeria, Naemeka Achebe, explicó así el apoyo de su
empresa a la dictadura militar que exprime a ese país: -Para una empresa
comercial que se propone realizar inversiones, es necesario un ambiente de
estabilidad Las dictaduras ofrecen eso.
Unos meses más tarde, a fines del 95, la dictadura
de Nigeria ahorcó a Ken Saro-Wiwa. El escritor fue ejecutado junto con otros
ocho ogonis, también culpables de luchar contra las empresas que han aniquilado
sus aldeas y han reducido sus tierras a un vasto yermo. Y muchos otros habían
sido asesinados antes por el mismo motivo.
El prestigio de Saro-Wiwa dio a este crimen cierta
resonancia internacional. El presidente de Estados Unidos declaró entonces que
su país suspendería el suministro de armas a Nigeria, y el mundo lo aplaudió. La
declaración no se leyó como una confesión involuntaria, aunque lo era: el
presidente de Estados Unidos reconocía que su país había estado vendiendo armas
al régimen carnicero del general Sani Abacha, que venía ejecutando gente a un
ritmo de cien personas por año, en fusilamientos o ahorcamientos convertidos en
espectáculos públicos.
Un embargo internacional impidió después que ningún
país firmara nuevos contratos de venta de armas a Nigeria, pero la dictadura de
Achaba continuó multiplicando su arsenal gracias a los contratos anteriores y a
las addendas que por milagro se les agregaron, como elixires de la juventud,
para que esos viejos contratos tuvieran vida eterna.
Los Estados Unidos venden cerca de la mitad de las
armas del mundo y compran cerca de la mitad del petróleo que consumen. De las
armas y del petróleo dependen, en gran medida, su economía y su estilo de vida.
Nigeria, la dictadura africana que más dinero destina a los gastos militares, es
un país petrolero. La empresa anglo-holandesa Shell se lleva la mitad; pero la
estadounidense Chevron arranca a Nigeria más de la cuarta parte de todo el
petróleo y el gas que explota en los veintidós países donde opera.
El precio del veneno
Nnimmo Bassey, compatriota de Ken Saro-Wiwa, visitó
tierras latinoamericanas al año siguiente del asesinato de su amigo y compañero
de lucha. En su diario de viaje, cuenta instructivas historias sobre los
gigantes petroleros y sus impunes devastaciones.
En Curaçao, frente a las costas de Venezuela, la
empresa Shell erigió en 1918 una gran refinería, que desde entonces viene
echando humos venenosos sobre la pequeña isla. En 1983, las autoridades locales
mandaron parar. Sin incluir los perjuicios a la salud de los habitantes, que son
de valor inestimable, los expertos estimaron en 400 millones de dólares la
indemnización mínima que la empresa debía pagar para que la refinería continuara
operando.
La Shell no pagó nada, y en cambio compró impunidad
a un precio de fábula infantil: vendió su refinería al gobierno de Curaçao, por
un dólar, mediante un acuerdo que liberó a la empresa de cualquier
responsabilidad por los daños que había infligido al medio ambiente en toda su
jodida historia.
Fuente: Boletín Informativo N 54. 13
de marzo de 2005 Congreso Bolivariano de los Pueblos-Secretaría de
Organización
Emcontrarte