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CALENDARIO |
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Mayo 2008 |
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15 de Enero, 2008
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J. Bayly, Periodista Peruano - Relatos |
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Por: Jaime Bayly
Los Cóndores, Lima, 1974. Mi hermana y yo hemos corrido a escondidas hasta la
bodega de la esquina. Nos han fiado chocolates, bebidas y helados por casi
treinta soles. El señor de la bodega apunta en su cuaderno lo que nos ha fiado.
Sabe que mi padre le pagará. Mi hermana y yo sabemos que lo que hemos hecho está
mal, pero confiamos en que mi padre pagará la cuenta sin advertir que hemos
sacado dulces furtivamente. Nos equivocamos. El señor de la bodega le informa a
mi padre que nos ha fiado cosas ricas. Es un sábado a mediodía. Mi padre no está
de buen humor. Lleva en la mano un aerosol para matar insectos. Pierde el
control. Dispara el aerosol contra nosotros. Mi hermana y yo nos quedamos
tosiendo, frotándonos los ojos. Después nos reímos. No estamos arrepentidos. Un
chocolate fiado es más rico que uno pagado. Caraz, Perú, 1976. Sofía y sus
dos hermanos han viajado diez horas por carreteras malas hasta llegar a la
casucha que su padre ha construido frente al río. Cuando quieren verlo, tienen
que llegar hasta allí. Su padre ha jurado que no volverá más a Lima. Antes de
irse a la sierra, ha quemado todos sus documentos y le ha regalado su auto a su
mejor amigo. Sofía tiene siete años, es la menor de los tres hermanos. Quiere a
su padre, pero esa casucha llena de arañas, sin colchones, sin luz eléctrica, en
la que cocinan a duras penas las cosas que recogen del huerto, le da miedo.
Sofía y su hermana tienen que traer agua del río para cocinar y lavar. La llevan
en bateas y baldes de plástico. Como pesa mucho, la llevan sobre sus cabezas.
Pero un día el balde con agua se le resbala a Sofía y cae al piso. Su padre
pierde el control. Le grita, la castiga, la obliga a sentarse en una piedra
sobre el río. Sofía está aterrada. Piensa que si el río viene más cargado, se la
llevará. Se queda sentada en una piedra sobre el río la hora entera que su padre
la ha castigado. Los Cóndores, Lima, 1979. Una vez más, mi hermano ha
conseguido burlar la seguridad de mi madre y abrir sus cajones secretos, allí
donde guarda el dinero. Mi madre, harta de las fechorías de su hijo, pierde el
control. Lo lleva a rastras a su baño, lo mete a la ducha con ropa y abre el
agua fría. Mi hermano es pequeño, pero muy fuerte. Grita, se defiende a
empellones. Mi madre me llama a gritos, me pide ayuda. Trato de sujetar a mi
hermano, pero es inútil, se resiste, nos empuja, es más fuerte que nosotros, no
podemos con él. Mi madre grita: ¡Una ducha helada es lo que necesitas para
portarte bien! Terminamos empapados los tres. Mi hermano llora, humillado.
Seguirá abriendo los cajones que no debe. Ninguna ducha será suficiente para
calmarlo. Mar del Plata, 1985. Martín, sus padres y hermanos han alquilado
una casa en Los Troncos y bajado a la playa del Ocean a pasar el día. Inés, su
madre, reparte sánguches y bebidas entre los chicos. De pronto sopla un viento
fuerte que levanta arena. Martín muerde el pan con jamón y queso y siente la
arena en su boca, entre sus dientes. Escupe el pan arenoso. Es un asco, dice.
Está lleno de arena. Su padre le grita: ¡Te vas a comer el sánguche! Martín
protesta: ¡Pero está lleno de arena! Su padre pierde el control: ¡No me importa!
¡Te comés la arena también! Martín come llorando el pan arenoso. Buenos
Aires, 1987. Martín no quiere ir a jugar rugby. Su padre es fanático del rugby y
quiere que Martín lo sea también. Pero Martín odia golpearse con otros chicos
persiguiendo una pelota, no le encuentra sentido. Su padre le dice que irá a
jugar rugby y punto. Martín todavía está lastimado por el partido del domingo
anterior. Su padre pierde el control. Lo lleva a empujones hasta el autobús del
equipo de rugby y, con todos los amigos de Martín mirando desde sus asientos,
sube a su hijo a empujones, a la fuerza. Martín llora, humillado. Ni siquiera la
discreta contemplación de sus amigos desnudándose en el camarín compensará los
dolores de la paliza que recibirá en la cancha por un juego que no entiende y le
parece ridículo. Disneyworld, Orlando, 1998. Camila no quiere subir al
carrusel. Está cansada, quiere volver al hotel. Sofía, su madre, tiene ilusión
de subir con Camila al carrusel y se siente frustrada de no poder hacerlo por
culpa de un capricho de su hija en ese primer viaje familiar a Disney. Sofía
insiste en que deben subir al carrusel. Camila se niega. Sofía me pide que suba
a Camila a la fuerza. Me niego, le digo que ya subiremos otro día, que la niña
está cansada y quiere irse. Sofía pierde el control. Carga a Camila
violentamente y la sienta en una caballito del carrusel, a pesar de que la niña
llora y patea y trata de bajar. El carrusel comienza a moverse. Los niños
parecen felices, saludan a sus padres. Pero Camila llora, furiosa, humillada,
mientras su madre la sujeta, impidiéndole bajar. Buenos Aires, 2008.
Augusto, el hermano de Martín, trata de armar un carrito a pilas para su hijo
Samuel, un niño de cuatro años. Están en el club de rugby, es un sábado de mucho
calor. Samuel se impacienta, le pide a su padre que se apure, que quiere jugar
con el carrito. Augusto trata, hace su mejor esfuerzo, se desespera, no consigue
hacer funcionar el carrito a pilas. Samuel llora, le exige el carrito. Su padre
pierde el control. Arroja con todas sus fuerzas el maldito carrito contra el
piso, haciéndolo trizas. Buenos Aires, 2008. Max y su pequeña hija Carlita
salen de la piscina del club de rugby. Max ha dormido mal, está irritado, tiene
mala cara. Nos vamos, dice. Pero Carlita quiere quedarse en el club con sus
amigas. Nos vamos, dice Max. Carlita llora, le pide que no se vayan. Max pierde
el control. ¡No quiero ver a nadie!, grita, y se lleva a su hija chillando,
mientras la gente lo mira con aire reprobatorio. Buenos Aires, 2008. Mi hija
Lola está aburrida. No quiere comprar ropa, dice que no hay ropa de su talla. No
quiere ir más al cine, dice que se aburre. No quiere escuchar música en su i
touch, no quiere chatear en internet, no quiere bañarse en la piscina, dice que
el agua está muy fría. Cuando vamos a comer, tampoco quiere comer, dice que el
lomo tiene “venas y telarañas”. Pierdo el control. Le digo que si se aburre de
vacaciones conmigo, no volveremos a viajar juntos. Lola se va llorando a su
cuarto. Buenos Aires, 2008. Mis hijas y yo caminamos por una calle de San
Isidro bajo el sol ardiente de enero. Les digo que voy a alquilar una casa en
playa del Sol. Se indignan. Me dicen que esa playa es fea, horrible, vulgar, que
la gente es ruidosa, que en carnavales te tiran huevos y globos con caca. Les
digo que entonces no alquilaré ninguna casa. Me dicen: Mucho mejor, contigo nos
aburrimos. Pierdo el control. Les digo: Es la última vez que viajamos juntos, el
próximo verano se quedarán en Lima. Me dicen: Mucho mejor, en Lima nos
divertimos más. Llegando a la casa, llamo a la aerolínea y pido tres asientos a
Lima esa noche, pero el vuelo está lleno, no podemos viajar. Pierdo el control.
Me voy a dormir sin despedirme de mis hijas. Cuando despierto de madrugada,
están durmiendo en mi cama. Las beso sin despertarlas. |
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publicado por
rfelipem a las 13:54 · 2 Comentarios
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Comentarios (2) ·
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Caray Jaime. Cada vez estás más loco. Cada vez escribes peor. Son en los temas políticos donde más te necesitamos. Mira lo que le está pasando a las comunidades campesinas por culpa del embustero García y las transnacionales mineras, el sector salud, educación, transporte, interior, etc... En fin cada vez uno se convence más en que sólo eres un pituco bufonero del montón ... |
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publicado por Richard, el 16.01.2008 23:36 |
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Tienes toda la razón, no se que pasa con Jaime, me gustan sus textos, pero los últimos son muy malos, escribe sobre tonterías.
Saludos Amigo Richard |
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publicado por Roberto, el 17.01.2008 11:55 |
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