Que un ex futbolista memore ante la prensa un incidente de un
partido en un Mundial de fútbol ocurrido hace 22 años, a primera vista parece un
episodio menor, más vecino a la anécdota que a la polémica. Sin embargo, cuando
ese ex jugador es Diego Maradona, las declaraciones aparecen en un diario inglés
y se disculpa por el gol marcado a mano a los ingleses y agrega que si pudiera
cambiaría la historia, muy otra es la historia al menos entre
nosotros.
Maradona ahora jura que no dijo eso y que le va a pedir
explicaciones al traductor. Si fuera así, algo más que explicaciones debería
reclamarle. Aquí la noticia hizo estallar a la tribuna: una consulta hecha
por Clarín que recibió 12.122 respuestas mostró que casi el 67% de los
consultados estaban en desacuerdo con la disculpa. Es decir, que le pareció
perfectamente legítima -valga la paradoja- aquella acción ilegal.
Y
entonces salta a cabecear el centro una auténtica tradición argentina: el
culto a la transgresión, temática en la cual Maradona maneja la pelota como
nadie. Porque es la estrella antisistema por vocación y elección: desde su
admiración por el Che hasta su amistad con Castro y Chávez, pasando por sus
caídas en las drogas que lo obligaron a gambetear la muerte, sus peleas con la
FIFA y la AFA, su desafío casi perpetuo a toda forma de institución.
Pero
hay más: Maradona puso la garra allí donde tenía que meter la pata. No lo
hizo ante cualquiera. Quebró las leyes que habían sido dictadas por los
inventores del fútbol, los ingleses. Y, encima, después dijo que fue "la mano de
Dios". Como si sólo un dios fuera capaz que quebrar esas reglas o como si por
designio divino, él las pudiera saltar.
Más todavía. La mano de Diego se
mete en un pleito casi fundacional. Los ingleses atraviesan la historia
argentina seguramente no como ángeles pero para muchos como demonios. El día
de la Soberanía Nacional conmemora el combate de Obligado, contra invasores
ingleses y franceses. La versión nacionalista del itinerario patrio
-reivindicada por cierta izquierda- coloca a los ingleses en el papel de los
malos de la película, rol que heredarán sus sobrinos norteamericanos.
Dos
invasiones rechazadas en la Colonia; la primera deuda externa -el empréstito de
la Baring Brothers-; el tratado posterior a la guerra contra Brasil, que
independizó a Uruguay -Lord Ponsonby, mediador-; el trazado centralista de los
ferrocarriles; el tratado Roca-Runciman, todo matizado por la prosa
implacable de Scalabrini Ortiz, más la introducción de dos de los deportes
en los que los argentinos descollan, el fútbol y el polo, llevan la marca
inglesa en el orillo.
Y allá, en el sur profundo, las Malvinas
argentinas, que costaron guerra, honor, horror y muerte y siguen
capturadas a manos inglesas. En ese profundo y complejo abismo metió la mano
Maradona.