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CALENDARIO |
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Julio 2008 |
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29 de Febrero, 2008
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Roberto Lerner, Psicólogo - Espacio Crianza |
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Por: Roberto Lerner
La vida es un asunto muy serio como para estar perdiendo el tiempo. Muchos
colegios y universidades se mercadean diciendo que no se andan con miramientos y
que, desde el saque, se trabaja, que en tercero de primaria se estudia
trigonometría y se aprende de un señor ingeniero.
Dejemos de lado la calistenia de calentamiento inútiles, nada de
pichanguitas intrascendentes. ¡A la cancha se ha dicho y de frente, como si
fuera la final!
El miedo al ocio nos hace dudar. ¿Y si en lugar de estar jugando,
nuestros niños deberían pulir sus habilidades, afinar sus dotes y afilar sus
dientes, para poder ir a la yugular del competidor y no parar hasta sacarlo del
mercado? Jugar no cuesta nada, y lo que no cuesta, no sirve.
Pero si la ludopatía es una enfermedad terrible para muchos, una menos
conocida y más frecuente es la ludofobia.
El juego espontáneo, el juego gratuito, el juego gozoso, asustan cada vez
más. Y si no asustan, nos arreglamos para dejarles muy poco espacio en las
recargadas agendas de los niños.
Total, el juego no tiene un propósito claro. Las crías de muchas especies
pierden demasiado tiempo jugando y consumen alrededor de 15% de su energía, que
podría dedicarse a cosas más importantes, como crecer, por ejemplo. Ese modelo
de eficacia y horror al dispendio que es la naturaleza se empeña en una
ludofilia incomprensible.
Jugar es un lujo prescindible, sobre todo cuando hay que recortar gastos
y cuidar celosamente recursos, algo que sucede frecuentemente.
Pero, cuidado, parece que la ludofobia puede costarnos más caro de lo que
pensamos.
Resulta que el juego sirve para ejercitar, de la manera más eficiente,
diversas conductas que en el futuro pueden ser cruciales en el amor y en la
guerra y en otros ámbitos del desempeño.
Pero no solo eso. Hay numerosas evidencias experimentales de que el juego
estimula las estructuras nerviosas y promueve su crecimiento, sobre todo de
aquellas como la corteza prefrontal, que juegan un papel muy importante en cuán
bien se puede aprender en la vida, no en los aprendizajes concretos, sino en el
potencial de aprender en general.
El déficit de juego, pues, podría explotarnos en la cara. Quizá tengamos
pequeños abogados, ingenieros, conocedores de todos los trucos de la relación
interpersonal, mentes tubulares e hiperespecializadas, avaras con su tiempo.
Pero, si siguen así, a medida que ellos crezcan, van a seguir siendo pequeños. |
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publicado por
rfelipem a las 00:00 · Sin comentarios
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