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El cielo estará azul en Pekín |
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Agosto 2008 |
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22 de Noviembre, 2007
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J. Bayly, Periodista Peruano - Relatos |
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Por: Jaime Bayly
Es un viernes de otoño en esta isla apacible cercana al centro de Miami. Sofía ha llegado desde Las Vegas, una ciudad que no le ha gustado nada. Inquieto por su llegada, he despertado más temprano que de costumbre. No he tenido fuerzas para ir a buscarla al aeropuerto, he preferido mandar a un chofer. Sofía llega con dos pesadas maletas, vestida como si viniera de una fiesta. Poco después llegan los jardineros –dos jóvenes salvadoreños que manejan una enorme camioneta roja– y empiezan con su concierto de ruidos insoportables. Le sugiero a Sofía que salgamos para evitar esa odiosa agresión acústica, casi tan odiosa como los continuos, incesantes ladridos del perro del vecino. Sofía y yo nos sentamos en un restaurante de la isla. Ella pide una ensalada; yo, el menú: sopa de lentejas y pollo con arroz. Sofía dice que Las Vegas le pareció horrible, que el hotel era viejo y feo, que le disgustó que en los casinos se pudiese fumar, que la gente era espantosa. Escucho sin agitarme, estoy fatigado, he dormido mal. Luego dice que no está contenta trabajando en la compañía de sus padres, que está pensando cambiar de trabajo. No le aconsejo nada, ya sé que mis consejos son inútiles. Sofía se impacienta cuando habla de su trabajo y de su casa, quiere cambiar de trabajo, de casa y quizá de país, no parece feliz con su vida. No hay nada que yo pueda hacer, salvo escucharla con cariño e invitarle más lentejas de la sopa, que está deliciosa. Cuando volvemos a la casa, se han ido los jardineros. Dejo a Sofía en la planta baja y me voy a mi cuarto en el segundo piso, a leer y descansar. Antes, desconecto el teléfono para evitar que interrumpa la siesta. Despierto cuando ya oscurece, más cansado todavía. Bajo a la cocina. Sofía está echada en el sofá, viendo televisión. Me pregunta si he llamado a la aerolínea para confirmar su asiento en el vuelo de la medianoche. Conecto el teléfono, llamo a la aerolínea, confirmo su asiento, llamo luego al chofer y le pido que venga a buscarla a las once de la noche. Cuelgo. Estoy a punto de desconectarlo nuevamente cuando suena el teléfono. Contesto. Es Martín, desde Buenos Aires. Quedo sorprendido. Es muy raro que me llame. Sofía está a mi lado, en el sofá de la cocina. -¿Qué hacés? -pregunta Martín, con voz cariñosa. Hemos hablado a mediodía, antes de que Sofía llegase. Yo lo llamé, como de costumbre. No le recordé que Sofía pasaría la tarde en mi casa, no quise decírselo porque él y ella no se quieren, a pesar de que tampoco se conocen. -Nada, viendo las noticias -digo. Es verdad, el televisor está encendido en las noticias de la tarde. Martín nota que mi voz es algo más fría y distante que la habitual. No puedo hablarle tan relajada y cariñosamente como quisiera porque Sofía está a dos pasos, mirándome, preguntándose quién me llama, por qué me he incomodado tanto con esa llamada. -Te llamo porque estoy saliendo a la fiesta de Tito y Matías -me dice Martín. En Buenos Aires son dos horas más que en Miami, las ocho y media ya. Es el cumpleaños de Matías, un amigo de Martín. Matías es dentista, es gay, es un chico encantador, es novio de Tito. -¿Eso está confirmado? -le pregunto, y me siento muy tonto por haber dicho esas palabras tan raras e inesperadas, que le dan a la conversación una seriedad absurda, forzada, que Martín nota enseguida, y por eso me dice: -Ya me di cuenta que no podés hablar. Ya sé por qué no podés hablar. Ahora hay un tono de fastidio en su voz. Le ha molestado que no sea cariñoso con él, que le hable con una voz distante porque mi ex esposa, la madre de mis hijas, la mujer que lo detesta, está sentada a mi lado. -¿Te molesta si te llamo después? -le pregunto. -No me llames –dice Martín, furioso–. Hasta luego. Cuelgo el teléfono. Sofía pregunta: -¿Problemas en el trabajo? -No te preocupes –digo–. Nada importante. No he tenido valor para decirle que era Martín, mi amante. No he tenido coraje para decirle que ya es hora de que ella acepte que ese hombre es parte de mi vida y que si no le interesa preguntarme nunca por él, yo no estoy dispuesto a seguir escondiéndolo de ella por temor a sus furias y represalias, por miedo a que no me deje viajar con mis hijas en las próximas vacaciones. Me siento mal de haberme puesto tan tenso cuando llamó Martín. Hubiera querido ser valiente y hablarle con cariño sin importarme que Sofía estuviera a mi lado. No pude. Fue demasiado para mí. Le tengo miedo a Sofía, tengo miedo de humillarla si le digo que amo a un hombre. No quiero hacerla llorar más. Ya fue suficiente. Por eso evito hablarle de Martín, de esos temas que todavía duelen. Mientras camino solo por el parque de noche, llamo varias veces al celular de Martín pero no me contesta, sé que no me va a contestar. Sé que está odiándome, piensa que soy un cobarde. No me entiende. No entiende que algo violento y oscuro, un miedo que no pude controlar, se apoderó de mí cuando escuché su voz en el teléfono, con ella a dos pasos. Antes de irme a la televisión, le recuerdo a Sofía que el chofer vendrá por ella a las once. Nos despedimos con un abrazo cariñoso, le digo que vuelva pronto. Ya en la camioneta, llamo de nuevo a Martín pero es en vano, no contesta. Vuelvo a casa a medianoche, exhausto. Encuentro un correo de Martín que dice: “Así que no me podés hablar porque está Sofía en la casa? Yo no soy amante de nadie, ok? NO ME LLAMES NUNCA MAS”. Por supuesto, lo llamo. No contesta. Tras varios intentos, ya muy tarde, consigo hablar con él. Le pido disculpas, le digo que no puedo hablarle con el cariño de siempre cuando Sofía está a mi lado porque no quiero lastimarla, humillarla, le pido que me entienda, que no sea tan inflexible. -Si querés seguir conmigo, vas a tener que hablar con Sofía de mí –me dice–. Estoy harto de que me escondas. Estoy harto de que no puedas hablarme cuando ella está con vos. Estoy harto de no poder contestar el teléfono cuando estamos con las nenas. Trato de defenderme, pero Martín tiene razón. Debería ser valiente, enfrentar a Sofía, decirle la verdad: que cuando viajo con nuestras hijas a veces nos acompaña Martín y que si ella viene a mi casa tiene que acostumbrarse a la idea de que él puede aparecer en persona o por teléfono y en ese caso no ocultaré el cariño que le tengo. Tras una larga y extenuante conversación en la que no faltan los reproches, cuelgo el teléfono y subo a mi cama. Ha sido un día malo, desafortunado. Martín no pudo llamar en un momento más inoportuno. Sofía pasó sólo unas horas en mi casa y a él, que nunca me llama, se le ocurrió llamar precisamente esa tarde. Me he quedado sin palabras. Tal vez debería decirle a Sofía que Martín es mi novio. Tal vez debería decirle a Martín que no quiero un novio, una pareja, que quiero vivir solo y encontrar en él a un amigo, no a un amante posesivo. Tal vez debería desconectar el teléfono del todo.
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publicado por
rfelipem a las 20:54 · Sin comentarios
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