Por: Mario Vargas Llosa. Escritor |
Tal como van las primarias, es muy posible que los candidatos a
la Presidencia de Estados Unidos sean los senadores Barack Obama, por el Partido
Demócrata, y John McCain por el Republicano. Y, si es así, qué duda cabe que las
polémicas en la campaña serán afiebradas, dadas las discrepancias que mantienen
sobre la guerra en Iraq, la política económica, la seguridad social y muchos
otros temas. Pero, por lo menos en uno, su coincidencia es total, y es seguro
que cualquiera que resulte triunfador interpondrá sus buenos oficios para que el
Gobierno Ruso cese, o por lo menos atenúe, el encarnizamiento con que persigue
al antiguo dueño de la compañía petrolera Yukos, Mijáil Jodorkovski, ahora
sepultado en una cárcel de Siberia.
En efecto, el 18 de noviembre del 2005, McCain y Obama
presentaron en el Senado de Estados Unidos una resolución que fue aprobada por
unanimidad contra las condenas de Jodorkovski y su socio Platón Lébedev que,
según aquel texto, recordaban las peores prácticas judiciales de la era
soviética.
Confieso que hasta hace poco no tenía la menor simpatía por
Mijáil Jodorkovski de cuyo caso sabía muy poco y al que, de manera vaga,
asociaba a los antiguos burócratas comunistas que, en la época de Yeltsin, se
vendieron a sí mismos, en una mascarada de privatización, las industrias que
administraban, volviéndose de este modo millonarios de la noche a la mañana.
Pero un artículo de André Glucksmann en "Le Monde" y las
referencias que en él se hacían a declaraciones de dos grandes luchadoras
democráticas rusas, Elena Bonner-Sajarov y la asesinada periodista Anna
Politkóvskaya sobre este caso, me pararon las orejas y me llevaron a investigar.
Ahora creo que los tres tenían razón y que los castigos y atropellos judiciales
de que es víctima el antiguo patrón de Yukos no tienen nada que ver con los
delitos económicos que pudo cometer en la actividad empresarial que lo convirtió
por un tiempo en el hombre más rico de Rusia, y sí, en cambio, con los apoyos
que prestó a instituciones y partidos políticos de corte democrático, a
organizaciones de derechos humanos, a sus intentos de introducir en sus empresas
métodos de apertura y transparencia a la usanza occidental y, sobre todo, a su
pretensión --quimérica, dadas las circunstancias de su país-- de intervenir en
la política rusa como crítico y opositor del nuevo zar, Vladimir Putin.
Su historia es novelesca. Nacido en 1963, fue líder del
Komsomol (juventudes comunistas) mientras estudiaba ingeniería. Durante la
Perestroika comenzó a hacer negocios, abriendo primero una cafetería y luego un
comercio que importaba computadoras y mercancías de lujo. Sus ganancias le
permitieron abrir un pequeño banco en 1988, que, gracias a su empeño y a sus
influencias políticas, creció como la espuma. En 1995 realizó la compra de
Yukos, por unos 350 millones de dólares. Dos años después, el valor de Yukos se
había multiplicado a nueve mil millones. Era la época de esa orgía de
privatizaciones luctuosas en la agonizante U.R.S.S. y quién puede dudar que esta
operación solo pudo ser posible gracias a tráficos y privilegios de índole
política.
Ahora bien, si los orígenes de la enorme fortuna que alcanzó
con sus empresas son sospechosas, y acaso delincuenciales, como los de todas las
grandes fortunas que surgieron en Rusia de la noche a la mañana en la behetría
de la transición de la Unión Soviética a la Rusia actual, todos los testimonios
que he podido consultar señalan que Jodorkovski, una vez al frente de Yukos,
introdujo una gestión moderna, publicando balances rigurosos, revelando los
nombres de sus accionistas, pagando impuestos y distribuyendo dividendos. Estas
prácticas le permitieron entablar relaciones estrechas con grandes compañías
occidentales, con las que inició operaciones conjuntas. Al ser detenido,
negociaba una fusión de Yukos con la Exxon Mobile.
A la vez, empezó a financiar órganos de prensa y centros de
información independientes, fundaciones dedicadas a los derechos humanos,
organizaciones políticas de índole democrática y liberal e hizo saber --fue, sin
duda, su delito capital-- que tenía la intención de participar en política
activa oponiéndose a Putin, cuyas decisiones y úcases contra empresarios criticó
abiertamente. Mientras algunos de estos, como Boris Berezovsky, presintiendo lo
que se venía huían al extranjero, Jodorkovski hizo saber que no abandonaría
Rusia porque no tenía nada que reprocharse desde el punto de vista legal.
Así le fue. Meses antes de las elecciones de 2004 a las que
quería presentarse, en octubre del 2003 fue arrestado y acusado de fraude y de
haber evadido mil millones de dólares en impuestos. En mayo del 2005, luego de
una mascarada de juicio en el que los abogados de la defensa fueron acosados por
las autoridades y, a menudo, impedidos incluso de asistir a las sesiones del
tribunal, lo condenaron a ocho años de cárcel. Enviado a Siberia y puesto, por
largos períodos en situación de confinamiento, fue víctima de un extraño intento
de homicidio por otro recluso que intentó clavarle un cuchillo en la garganta.
Cuando cumplió la mitad de la pena y, según la legislación rusa, podía salir en
libertad condicional, esta le fue denegada y la fiscalía se apresuró a acusarlo
de nuevo, ahora por malversación y lavado de dinero, imputaciones por las que
podría ser condenado a 22 años más de prisión.
Entretanto el gobierno de Putin se había incautado de Yukos y
llevado a la más próspera empresa petrolera rusa a orillas de la extinción, con
el fin de concentrar en el Estado todo el control de la energía, el principal
instrumento de influencia y coerción con que cuenta Putin frente a sus vecinos
en particular y a Europa en general. El hombre más rico de Rusia no quedó
reducido a la pobreza extrema, desde luego, pero su astronómica fortuna
simplemente se desintegró y, con ella, se encogió considerablemente el sector
privado de la economía rusa.
La situación de Jodorkovski en la prisión siberiana de Chita
donde languidece, y en la que, a menos que la presión internacional consiga
salvarlo, acaso deje los huesos, se halla cerca de la frontera con Mongolia y
las condiciones de los presos son durísimas. El hostigamiento a sus abogados es
sistemático y los permisos de visita reducidos a una hora. Una de las razones
esgrimidas por la justicia para negarle la libertad condicional fue que durante
los paseos en la prisión se negaba a llevar las manos unidas a la espalda. Hasta
el momento, todas las protestas de gobiernos e instituciones --entre ellos los
de la canciller Angela Merkel y el presidente Bush--, de la Asamblea
Parlamentaria del Consejo de Europa, del Senado de Estados Unidos, del
Parlamento Europeo, del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y de innumerables
colegios de abogados e instituciones de derechos humanos, han sido inútiles.
El caso Jodorkovski ilustra bastante bien la trágica historia
contemporánea de su país. Luego de setenta años de autoritarismo dictatorial y
economía estatizada el sistema comunista se desplomó por implosión interna y lo
sucedió no la libertad, sino el libertinaje y la anarquía. En esta situación de
caos institucional, desintegración del orden público y colapso de la economía,
proliferaron las mafias y el gangsterismo, la corrupción se generalizó,
surgieron fortunas vertiginosas y los niveles de vida, ya mediocres o ínfimos de
una mayoría de ciudadanos, empeoró a la vez que la desaparición del orden y de
la seguridad pública creaban las condiciones propicias para un nuevo
autoritarismo. Es lo que trajeron Vladimir Putin y su rosca de antiguos
compañeros de la más eficiente (y repelente) supervivencia de la vieja U.R.S.S.:
la KGB, la policía política. La inexperiencia y el desorden en que vivía hizo
que el pueblo ruso viera en el nuevo autócrata a su salvador y aceptara con
beneplácito el nuevo régimen.
En la nueva Rusia de Vladimir Putin no ha muerto el capitalismo
ni mucho menos. Hay muchos empresarios que hacen grandes negocios. Pero a
condición de ser dóciles y trabajar en estrecha complicidad con el poder
político, que es, ahora, como en todas las sociedades autoritarias, la fuente
del éxito y del fracaso de una empresa, algo que depende de los privilegios que
concede el poder y no del favor del público consumidor. Y para que no lo
olviden, y, sobre todo, para que no vayan a experimentar esa forma de locura que
es querer actuar libremente y hasta intervenir en política, ahí está el
insensato de Mijáil Jodorkovski, helándose a 40 grados bajo cero, durmiendo en
una tarima de madera y preguntándose sin duda por qué maldita suerte la realidad
rusa --comunista o capitalista-- se parece tanto a las pesadillas de
Dostoievski.
Lima, 14 de febrero del 2008.
© MARIO VARGAS
LLOSA, 2008.
© Diario "El País", SL/ Mario Vargas Llosa.
Prisacom.
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