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CALENDARIO |
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Mayo 2008 |
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28 de Febrero, 2008
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Roberto Lerner, Psicólogo - Espacio Crianza |
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Por: Roberto Lerner
Todos tenemos una manera de ser. Poseemos estilos de funcionamiento. Todo padre
y toda madre saben que sus hijos fueron diferentes desde el primer llanto. En un
caso fue intenso -algunas parturientas lo describen como molesto. En otro, más
pasivo.
En efecto, los organismos se diferencian en varias dimensiones. Los hay
más rítmicos que otros: son predecibles y rápidamente establecen ciclos que se
repiten de manera regular. Esto se da con respecto a la alimentación y al sueño,
entre otras funciones.
También están los que son más sensibles a la estimulación externa e
interna, que necesitan para interrumpir una determinada actividad -en el sueño o
la vigilia-, un ruido, un dolor o una luz menor.
Existen los que son más activos, que se mueven, juegan o gritan con mayor
intensidad. Y los que toleran mejor la frustración que otros, y pueden esperar
más tiempo hasta que sus necesidades sean satisfechas.
La combinación de todo esto configura un estilo que, al entrar en
contacto con una familia particular, va desarrollando, inhibiendo o domando
algunos rasgos y afirmando otros.
Todas las combinaciones son posibles, algunas parecen más fáciles que
otras. Un niño con alto nivel de actividad, escasa tolerancia a la frustración,
ritmo desorganizado, bajo umbral frente a la estimulación y que nace en un hogar
caótico, con dificultades para establecer límites y reglas, va a tener
seguramente problemas. En el fondo, es también cuestión de suerte.
El hecho es que casi siempre se llega a una especie de equilibrio, y ello
depende de cuánto los padres son capaces de respetar el temperamento de sus
hijos, de darles un marco dentro del cual se desarrollen y encuentren aquellas
cosas que mejor pueden hacer. Un chico muy activo, por ejemplo, no debe ser
sometido a demasiadas reglas y hay que buscarle ocupaciones que le permitan ser
creativo sin mantenerlo en una suerte de camisa de fuerza.
Muchas veces, los padres o educadores queremos que nuestros hijos o
alumnos no sean de determinada manera, probablemente porque nos reconocemos en
ella y vemos, en algunos de sus rasgos, aquello que menos nos gusta de nosotros.
Hacemos lo posible, entonces, por cambiarles el estilo. Casi siempre, esa
actitud trae consecuencias negativas, como cuando se quiere contrariar a un
zurdo y convertirlo a la fuerza en diestro. Igual que con el agua y con las
olas, el temperamento se debe encauzar y aprender a 'correrlo'. Poner el cuerpo
para detenerlo es inútil y contraproducente. |
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publicado por
rfelipem a las 23:48 · Sin comentarios
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