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Mayo 2008 |
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24 de Marzo, 2008
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C. Hildebrandt, Prdista Peruano - Análisis Polític |
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Por: César Hildebrandt
Jean Cocteau pensaba que la demasía en el placer podía costarnos
la felicidad. La frase parece una premonición si nos referimos al sepulto señor
Eliot Spitzer, ex gobernador de Nueva York, puritano de boca para afuera, gran
putero que se aliviaba cada vez que podía con la señorita Kristen –nombre de
batalla de Ashley Youmans, nacida en realidad Ashley Alexandra Dupré–.
El
señor Spitzer arremetía contra la señorita Kristen, de 22 años, en la habitación
871 del hotel Mayflower, en Washington al lado del Dupont Circle, y era el
Cliente 9 de la corporación sexual “Emperor’s Club VIP”, una red que atrapaba
busconas y las convertía en chicas de alquiler. Las instalaciones del
“Mayflower” tienen una sonora reputación. Allí cenaron de vez en cuando el muy
maricón director del FBI, J. Edgar Hoover, y su novio Clyde Thompson, el segundo
de dicho cuerpo policial –en no pocos de esos encuentros se tramaron los
operativos en contra de líderes negros, socialistones o del incipiente
movimiento homosexual–. En una de sus habitaciones solía alojarse, años más
tarde, Judith Campbell, una de las más conspicuas amantes del maníaco John F.
Kennedy, y en otra de ellas durmió Mónica Lewinsky luego de su famosa noche oral
con Bill Clinton. Y es que el “Mayflower” está a diez minutos de andar de la
Casa Blanca.
Que el señor Spitzer tenga debilidad por el pay per view en
deshabilé y por el polvo cronometrado es algo que debió quedar en su intimidad.
El asunto es que en el muy liberal Estados Unidos la prostitución –la activa y
la pasiva– es un delito que se castiga hasta con la cárcel. Tan sólo el estado
de Rhode Island y once condados de Nevada la permiten, siempre y cuando no sea
callejera y no esté regentada por proxenetas. El asunto, también, es que algunos
de los ochenta mil dólares que Spitzer gastó en ocho encontronazos a mil dólares
por hora procedieron, sin duda, de fondos de la gobernación. Y que la señorita
Kristen tenga el sexo partisano y en subasta inversa hubiese sido un problema
menor y evitable –la coartada más frecuente ante la policía pasa por el
masajismo ampliamente entendido–. Lo que agravó las cosas es haber ejercido tan
noble oficio en el marco de una mafia internacional de proxenetas que actuaba
bajo la fachada de una simple empresa del entretenimiento.
Como se sabe,
la señorita Kristen ha pasado de un cuarto del “Mayflower” a su cuarto de hora
de fama. Y no es para menos: Kristen ha derribado, sin siquiera calatearse, a
todo un gobernador y hoy la esperan el glamur sidosón de “Girls gone wild” o el
cuché ajado de Larry Flint y su “Hustler” a todo meter. Por lo pronto, la
rapidísima “Interviú” ya la convirtió en carnosa portada. De pronto, todos
pretenden ser sus biógrafos y enterar a los demás de que alguna vez fue usada
por el actor Martin Sheen, que su hermano Kyle es convicto de traficar con
heroína, que alguna vez trabajó bajo las órdenes de Jason Itzler –chulo famoso
hoy en prisión– y que la policía ha descubierto un tercer nombre empleado por
ella para las entregas delivery de sí misma: Ashlei Rae Maika di
Pietro.
Mientras tanto, la señora Silda Wall, la esposa de Spitzer, hace
sus cálculos y piensa seguramente que hasta cuándo valdrá la pena fingir el
estoicismo que le fotografiaron si lo que duerme a su lado es ahora un zombi
prematuro de la política. En realidad, la señora Wall ha amanecido viuda. Lo que
pasa es que hay muertes en directo y entierros en diferido.
¿Y todo por
unos estirones en cama ajena y con mujer de hábitos comunitarios y orificios
capitalistas? Quizás más que por eso, por la hipocresía de nivel patológico que
Spitzer demostró. Tiene que tener mucho de canallita quien proclama su odio
visceral por la corrupción, en general, y la prostitución de alto vuelo, en
particular, y luego va al “Mayflower” a visitar a una especialista en falsetes
de coloratura pagados con Visa (aunque él, es cierto, pagaba en efectivo). No
sólo el Partido Demócrata ha perdido a un candidato del futuro: el lobby más
poderoso del congreso norteamericano llora por el alma de quien pudo ser el
primer presidente judío de los Estados Unidos.
Ahora bien, de todo esto
surgen algunas preguntas: ¿en Estados Unidos fallecen los políticos que se van
de putas y viven coleando los que mienten para hacer guerras y asesinar países?
Si la hipocresía de Spitzer resulta patética, ¿qué podríamos decir de la
hipocresía tamaño federal (e impune) de los Bush y los Cheney? ¿Qué zafarrancho
de valores permite a los Estados Unidos castigar a un gobernador que mintió y,
al mismo tiempo, tolerar a un Presidente que surgió de la manipulación
electoral, mintió reiteradas veces para acudir al crimen y ensangrentó al mundo
como pocos lo han hecho? ¿Ética protestante o cinismo de una Roma
decadente?
En cuanto a la señorita Kristen, qué tanta alharaca. En el
Perú algunas damitas de altos vuelos políticos –y no hablo de la también sepulta
Laurita Bozzo– hacen lo mismo que ella pero lo hacen ante las cámaras de la TV
de investigación, para contento de Fernando Vivas –aguatero del establecimiento–
y sin que ningún FBI las esté acosando. Pura injusticia. Yo prefiero a
Kristen.
Posdata: Tampoco soy amigo, ni admirador y ni siquiera
simpatizante de Mirko Lauer. Por eso mismo le agradezco la generosidad de haber
insinuado que alguna gente me ha echado de menos en la programación de la tele.
Raro gesto en el paisaje Neanderthal de la prensa peruana. Raro y valiente. Al
fin y al cabo, “La República” es hoy como el hijito adoptivo de “El Comercio”.
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publicado por
rfelipem a las 09:55 · Sin comentarios
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