Por: Carlos Basombio
Bolivia es el país más pobre y sufrido de América del Sur. Sus grandes riquezas naturales no lo han salvado de la turbulencia y de la inestabilidad; menos aún de las desigualdades y las injusticias. Sus problemas se han agravado en las últimas décadas por las grandes rivalidades regionales.
El gobierno de Evo Morales pretendió representar una ruptura histórica con todo ese pasado. El mensaje era de refundación. Para eso se convocó a una Asamblea Constituyente que, como se sabe, nunca logró consensos para aprobar un solo artículo. La situación llegó al límite cuando la discusión se retrotrajo a si la capital debía ser La Paz o Sucre. Millones de personas en uno y otro lado convirtieron el tema en un asunto no negociable. Al final, Morales y el MAS, con los plazos casi vencidos, patearon el tablero. Reunieron a sus constituyentes en una instalación militar convertida en un bastión inexpugnable y, mientras en las calles de Sucre se desataba la violencia y la muerte, aprobaron un texto que vulneraba las reglas acordadas y, peor aún, dos principios fundamentales para un pacto constitucional: que el documento sea producto de los consensos más amplios y duraderos posibles, y que sea discutido en un clima de libertad. La reacción de los departamentos de la media luna fue exacerbar su autonomismo y salirse, también, de la legalidad. Ayer, ambos bandos, irreconciliablemente enfrentados, celebraron en La Paz y en Santa Cruz sus respectivas 'victorias'.
En Bolivia se ha hablado mucho de terminar con un 'apartheid' de 500 años contra las mayorías indígenas como explicación del proceso que se vive. Si bien la historia y la realidad actual bolivianas parecen ser bastante más complejas que eso, el racismo y el que los indígenas están siempre en lo más bajo de la pirámide social son hechos innegables. Por eso, la llegada de un indígena al poder en Bolivia fue vista con tanta simpatía a nivel internacional. Lamentablemente, a estas alturas, y siguiendo con la figura del 'apartheid', parece quedar claro que Morales no supo ser el Mandela andino.
Con treinta años en la cárcel y enfrentando a un régimen tan cruel y excluyente, Mandela tenía muchísimas más razones para gobernar en base a la revancha y para excluir a las minorías blancas que habían tratado con tanta maldad a los suyos. Sin embargo, el sudafricano, sin renunciar a la verdad y a la justicia sobre lo que había ocurrido en su país, supo convertirse en un líder de todos y darle a su patria el nuevo despertar que hoy disfruta.
Evo, en cambio, ha exacerbado las contradicciones étnicas, sociales y regionales. Por supuesto que hay también responsabilidad importante en los líderes de la media luna. Por supuesto que los estatutos autonómicos aprobados en Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando son también imposiciones polarizantes que agudizan la confrontación. Pero es al jefe de Estado al que hay que demandarle, antes que a cualquier otro, visión y liderazgo para construir un país capaz de unirse en un destino común.
La situación es tan grave, sin embargo, que esas discusiones son hoy casi filosóficas. La tarea del momento es actuar urgentemente para evitar la guerra civil, el aplastamiento del adversario e incluso una eventual secesión. A ese nivel se ha llegado. Lo importante hoy es que se pueda conseguir un diálogo verdadero y en paz sobre lo mínimo.